Esto empezó en mi propia cocina — con un peine lleno de lágrimas.
Después de mi segundo embarazo, mi cabello se caía a puños. Probé marcas caras, tratamientos en salones, hasta minoxidil. Nada me devolvió lo que sentía que estaba perdiendo: mi reflejo.
Mi abuela me hablaba de la zanahoria, el romero, la cola de caballo, la malagueta... ingredientes que crecen en nuestra tierra. Empecé a mezclarlos. A probarlos. A perfeccionarlos durante meses.
Hoy, más de 1,200 dominicanas usan la misma fórmula que cambió mi vida. Sin químicos. Sin promesas exageradas. Solo lo que la naturaleza siempre supo hacer — bien hecho.
